El nombre del tiempo – Por Fabio Seleme (*)

En la toponimia de la Patagonia existen nombres en los idiomas que la habitaron y la habitan, en los idiomas que la exploraron y pretendieron; y existen también todo tipo de deformaciones de esos nombres. Pero es muy poco común encontrar nombres que sean el resultado de un ejercicio de traducción, interpretación y síntesis de uno anterior. Este es el caso de “Los Antiguos” que, al dar nombre a un muy especial rincón cordillerano del norte de Santa Cruz, intenta poner en español la primigenia locución tehuelche “I keu ken aike” con la que se identificaba la zona en la que se sitúa el pueblo.

La expresión “I keu ken”, cuyo significado literal es “mi antigua gente”, puede entenderse también como “los que nos precedieron” o “nuestros antepasados”. El agregado “aike”, por su parte, refiere a la idea de “morada” o “estancia” y es una palabra que conforma, generalmente, los nombres aoniken de lugares.

Según se sabe, los aoniken hablaban de la “morada de la antigua gente” al referirse a esta zona por dos motivos. Por un lado, esta es una de las regiones más antiguamente pobladas de la Patagonia, condición de la que da cuenta la famosa “Cueva de las Manos”, cuyas pinturas datadas algunas en más de 9000 años de antigüedad, son atribuidas a grupos humanos prototehuelches. Por otra parte, la leyenda cuenta que los ancianos aoniken iban en la vejez a esperar la muerte en aquel lugar, por las características de peculiar y extraordinaria benignidad que le reconocían.

En esta dualidad del sentido del nombre se puede encontrar ya, la idea de un punto de curvatura donde el final individual se vuelve hacia el principio colectivo conjugando una totalidad temporal compartida. Y lo que parece, en principio, una alusión simple al pasado se devela, tras esta idea, como memoria, es decir, como presencia de lo que permanece conservado en la producción de conciencia.

Esta forma de nombrar una región, con palabras que traen al pensamiento a los que la habitaron y habitan desde antes que nosotros, conlleva un valor crucial, ya que subordina la territorialidad a la dimensión temporal de la vida, en una línea de continuidad con ese sustrato universal que llamamos humanidad. Es decir, que la tierra es definida por la huella de la subjetividad que la ocupa en tránsito, por la conciencia que la hace suya provisoria y pasajeramente. La singularidad cultural de la denominación de este lugar particular posibilita el acceso a una universalidad común: los viejos, los antepasados, los ancestros son la precedencia temporal de nuestra existencia y existencialmente queda planteada, de modo virtual, una igualdad retrospectiva pero también proyectiva entre todos los mortales.  Los antiguos son los que nos anticipan. Nos anticipan en el tiempo y nos anticipan en ellos nuestro porvenir. El que vivió entrega la vida y la tierra a los que le siguen, con el correlato de los nombres de las cosas y los lugares que heredan también los que vienen. Así, “I keu ken” es el nombre que conjura la temporalidad del hombre sobre la tierra, como condición aglutinante de la apropiación del espacio que se habita, y transporta en ello la esencial libertad de lo humano ante el mundo.

Este sentido derivado de la forma en la que los aoniken nombraron esa tierra de los ancestros es lo que se invierte con la corrección política multiculturalista, que se empeña en la aventura estéril de definir a quienes vivieron antes que nosotros como “pueblos originarios”, es decir, inscriptos en la existencia a partir del espacio y la tierra. Lo originario es para el multiculturalismo lo que es “natural” y propio de un lugar y un espacio, sin importar si se trata de pueblos agrícolas sedentarios o como los de la Patagonia, que eran pueblos nómades y seminómades recolectores y cazadores, para quienes, por lo tanto, lo propio en relación con la tierra era el tránsito y no, el apego. En vez de dar nombre el habitar del hombre a la tierra, el multiculturalismo se obstina en que la tierra sea lo que define a los primeros hombres que vivieron aquí, frente a lo cual nosotros hoy solo podemos aparecer como superpuestos sin ninguna posibilidad de continuidad histórica. Porque la idea de lo originario se instaura como aquello que es autóctono, frente a lo cual automáticamente antagoniza lo alóctono, exótico o no originario.

El concepto de autóctono, ya discutible para la vida vegetal y animal, resulta absolutamente absurdo para la condición humana.  La existencia del hombre consiste en estar en relación con el mundo según el modo de la posibilidad, lo que implica que es o existe libre, pero desde la inscripción en el tiempo, por lo que el tiempo es su constitutivo más esencial. Lo más propiamente humano, el pensar, es un despliegue temporal. Y es por lo que, sólo a partir de la horizontalidad del tiempo, el hombre habita y se apertura al espacio convirtiéndolo en geografía. Eso es a lo que alude el repetitivo “aike” de la toponimia santacruceña, que los lugares son lo originado en el espacio a partir de la ocupación que hace el hombre con su “morar” y su “estar”. Y ese estar de la existencia nunca es un simple tener que vérselas con el presente, sino un tener que vérselas también con lo que es pasado y lo que ha de ser futuro. Un lugar sólo puede ser un lugar para un “nosotros” histórico y trascendente. Por esta razón, nunca un lugar es nuestro por una cuestión espacial de origen, o propiedad. Si un lugar es nuestro, y nosotros de un lugar, es por nuestra agregación reflexiva, crítica y productiva a la historia completa, que constituye y sustenta a ese lugar como único y valioso. No se trata de haber nacido, se trata de la incorporación a una red de signos, señales y símbolos que permite la trascendencia temporal de una identidad.

“I keu ken aike” es, en resumen, una alocución que tiene el poder de subordinar el espacio al tiempo y nos incluye a todos como una sola humanidad. Nos marca que habitamos la misma tierra en la unidad de una sucesión vuelta sobre sí. Y que la habitamos siempre en el mismo ejercicio crucial, escindidos de ella, en tránsito nómade tratando de salvar nuestras circunstancias frente al mismo horizonte de finitud. Por el contrario, la noción multicultural de “pueblo originario” segmenta y excluye, confina como particularidad accidental a algunas formas comunitarias. Piensa a algunos hombres como emergencias terrígenas integrados al paisaje bajo la inspiración de la idea de raza y pureza; frente a lo cual los “otros” hombres que no son producto de la tierra sino de una cultura libre, migrante, sofisticada y tecnológica le ofrendan el respeto ecológico desde la superioridad de una conciencia que pondera la diversidad.

Pero hay sólo una humanidad que habita el espacio a partir del tiempo. Y esa temporalidad de la vida en el mundo se traduce en la transitoriedad de la existencia ambiciosa de no fijarse en algo y desplegarse. Antagonizando con el mundo y las cosas, la humanidad se constituye y reconstituye en la sucesión persistente de generaciones y así cada hombre contiene a todos los hombres que le precedieron. De tal forma que no hay hombres ni pueblos originarios sino pueblos y hombres tan antiguos como primordiales, sobre cuyas pisadas avanzamos hacia un destino común.

(*) Secretario de Cultura y Extensión UTN-FRTDF