¿Existe una fotografía digital? (*)

La pregunta que titula y es motivo de este artículo es una pregunta que atañe tanto a la filosofía como a la ingeniería. Les atañe de distintos modos, pero también del mismo. Porque es una pregunta técnica y ontológica, pero en ambos casos es una pregunta por el significado.

Antes que nada, para precisar la cuestión que nos ocupa, cabe decir que no se pregunta aquí por si existen las imágenes fotográficas instantáneas de las que podemos disponer gracias a dispositivos electrónicos en todo tipo de pantallas. Es obvio que sí. Tampoco estamos poniendo en duda la unidad existencial de una imagen configurada a partir de miles de pixeles.

La pregunta que nos ocupa va dirigida no a la fotografía, sino a su adherida cualidad de digital. Por lo que se hace necesario, para poner la pregunta en justos términos, traer al opuesto conceptual que estructura lo digital: lo analógico.

De esta manera la pregunta aquí es si la fotografía digital existe como algo diferente de la fotografía analógica y por esa razón necesita ser nombrada como algo distinto. Es decir, preguntamos por la verdad de lo digital como fenómeno y por la singularidad de su naturaleza técnica. Y preguntamos por la existencia misma de un medio propiamente digital en la fotografía, como una naturaleza esencial y diferente de la analógica.

Al enfrentar la fotografía digital con la llamada fotografía analógica la cuestión comienza a asumir, en ese contraste de los términos, un principio posible de problematización. Porque en esa contraposición parece manifestarse que los diferentes modos de fotografiar se refieren a diferentes formas de captar y registrar imágenes de la realidad. Pero también parece hacerse referencia a diferentes soportes para su almacenaje, reproducción y tratamiento. Estas diferencias insinúan una profundidad tal que llegaría a determinarse una relación distinta entre el artefacto fotográfico y la realidad. De este modo, en la fotografía analógica la captura de la imagen y su reproducción aparece como un proceso mediado por ciertos mecanismos de registro y transferencia en un juego de negativo y doble, mientras que la fotografía digital luce en apariencia como algo inmediato y directo sin reflejos ni transferencias. Y sobre todo sin fantasmas.

Podría decirse que en la fotografía estrictamente analógica los procedimientos tecnológicos involucrados se ejecutan recurriendo a elementos puramente mecánicos. Esto es, en primer lugar la captura de la imagen, que ocurre cuando la apertura del obturador de la máquina posibilita el paso de la luz (que contiene la información mecánica de la imagen) es luego recogida por la superficie (sustrato mecánico) fotosensible de la película alojada en la cámara de la máquina fotográfica. En segundo término, el posterior revelado de esas imágenes fantasmáticas es también un procedimiento en esencia mecánico, aunque actualmente sea ayudado por dispositivos o equipos tecnológicos mucho más sofisticados que el sencillo “cuarto oscuro” de las primeras épocas. Tal vez, el salto más relevante de este procedimiento se haya producido cuando el desarrollo tecnológico alcanzado por los dispositivos optoeléctronicos posibilitó la irrupción de nuevos elementos físicos participantes en la captura y en el almacenamiento de la información correspondiente a una imagen.

Sin embargo, el carácter saliente de “inmediato” y “directo” que señalamos más arriba para esos elementos nuevos de la llamada fotografía digital no es otra cosa que una confusión con lo instantáneo. Efectivamente, la captura y reproducción de imágenes en una cámara digital sucede en microsegundos, pero eso no significa que no haya mediación de un complejo dispositivo. Todo lo contrario, hay una mediación todavía más sofisticada y densa en las cámaras electrónicas (llamadas digitales), y con ello, una captura y reproducción igualmente analógica y mecánica. Es decir, a partir de la impresión de la luz en un material sensible que crea una duplicación invertida que luego se revierte en la reproducción.

En la fotografía digital los procedimientos tecnológicos involucrados se ejecutan recurriendo tanto a elementos mecánicos como optoelectrónicos.

Básicamente una cámara fotográfica electrónica consiste en una caja oscura con una chapa fotosensible en su interior, cuadriculada en celdas, en cada una de las cuales se aloja un dispositivo optoelectrónico: un fotodiodo, que permite captar fotones (partícula asociada a la luz) y transformarlos en electricidad. El fotodiodo es, técnicamente designado, un transductor puesto que convierte una información lumínica (fotones) en una corriente eléctrica (electrones). Esta corriente de electrones es primeramente de carácter analógico pero luego se digitaliza para ser almacenada en una memoria de material sólido (no se necesita aquí de aquel soporte constituido por la película fotosensible) y la fotografía es, en esta instancia, una entidad formada por una sucesión de ceros y unos escrita con electrones o su ausencia en las celdas de la unidad de material semiconductor sólido.

Después que el obturador se abre y se cierra, a cada celda del sensor le corresponderá una cantidad de electrones proporcionalmente determinada por la cantidad de fotones que ha recibido de ese trocito de la imagen. La tecnología electrónica provista a la máquina fotográfica es la que posibilita que a cada una de las celdas del sensor le corresponda un valor numérico binario, transformando así la señal eléctrica en datos digitalizados. La reproducción de la imagen sigue el camino inverso. El transductor de salida es otro dispositivo optoelectrónico: una pantalla donde se exhibe la imagen recuperada. La codificación recibida por cada celda de la pantalla se convierte en un color componiéndose así una imagen por la suma de partes que el ojo humano ve como un todo homogéneo.

Lo cierto aquí es que tanto la captura como la reproducción de la imagen en las cámaras llamadas digitales siguen siendo analógicas. Las celdas de diodos fotosensibles son el equivalente de la película fotosensible de los viejos rollos. Mientras que la conversión química o revelado fotográfico que lleva del negativo al papel es el equivalente a la transformación electrónica que crea una imagen de tamaño, formas y colores analógicos en la pantalla a partir de los electrones confinados dentro de materiales sólidos bajo códigos binarios.

Así lo digital parece reducirse al cifrado con unos y ceros con el que se transforma la imagen en la información que se archiva.

En este punto la cuestión polar entre lo digital y analógico puede tomar un cariz más revelador si se considera la teoría cuántica, que aplicada a la naturaleza de la luz, sostiene que la energía de los fotones no puede variar de manera continua. Esto quiere decir que los niveles energéticos que poseen los fotones corresponden solamente a algunos valores permitidos. Entonces, siendo la naturaleza de la luz de carácter discreto, tal vez las imágenes de la realidad cotidiana poseen un carácter físico más cercano a lo digital (valores discretos de energía o “quantas”) que a lo analógico (donde cualquier valor de energía está permitido). Sin embargo el ojo humano como receptor y decodificador de la luz que recibe (y que contiene la información de las imágenes) no tiene sensibilidad ni capacidad para discernir la información recepcionada como discreta (digital, en algún sentido) y la interpreta como si se tratara de información continua, homogénea, sin baches de energía. Es decir, como analógica.

De tal forma, a esta altura la pregunta inicial de este artículo podría reemplazarse por otra aún más radical como la siguiente: ¿acaso es posible siquiera pensar técnica y conceptualmente en una captura, reproducción o percepción de una imagen que no sea analógica?

Podrá decirse, sin embargo, que el tipo de cifrado digital, solo y de por sí, resulta un salto sustancial en la naturaleza de las imágenes ya que permite múltiples e ilimitadas alteraciones sobre lo captado creando así una ruptura en la esencia de la fotografía, que ahora dista de ser objetiva representación (usando los términos de Barthes) de “algo que ha sido” y se convierte, en engañosa y subjetiva, rompiendo con la ilusión de veracidad y legitimidad que se adjudicaba a la fotografía analógica.

Sin embargo, otorgar a la llamada fotografía analógica el carácter de documento fidedigno supone solo abonar un mito. “Autorretrato de un hombre ahogado” de Hippolythe Bayard o “Alzando una bandera sobre el Reichstag” de Yevgueni Jaldéi son casos, entre otros muchos, que muestran la falsedad de aquella fábula. Podrá asumirse entonces que con la codificación digital las posibilidades de edición y manipulación han aumentado, pero también se han vuelto por lo mismo más evidentes y visibles y por lo tanto menos eficientes en su capacidad de engaño.

Por ejemplo, las imágenes (sobre todo las de personas) intervenidas mediante las herramientas de software de edición y procesamiento de imágenes, tan ampliamente difundidas y utilizadas, logran en general resultados tan espectaculares que por la misma razón se tornan inverosímiles. La credulidad que las imágenes virtuales logran despertar en los humanos receptores resulta ser, por lo general, bastante módica. Así sólo resultará engañado aquel que voluntariamente decida asumir como creíble la mentira que reciba.

Como sea, el hecho de que toda representación fotográfica sea analógica hace que en todos los casos haya necesariamente una relación de identidad y diferencia con la realidad. Lejos tanto de la univocidad como de la equivocidad con ella. Una relación que se realiza siempre a través de un intersticio fantasmagórico atravesado por la mediación de un artilugio que genera “ruidos”. A pesar de lo que se podía creer ingenuamente de la fotografía en su origen, la misma siempre tuvo un carácter ficcional, de perspectiva y sesgo, siendo permeable a la subjetividad y manipulación. Ambigua y dual toda fotografía escapa entonces al discurso inflamado y vacío de lo digital que pretende la desaparición de la referencia problemática a la realidad y los correspondientes desbalances, instalando la idea de una hiperrealidad plana y unidimensional que directamente la sustituye. Por el contrario la fotografía, en cada fotografía concreta, se afirma como un modo múltiple de decir la realidad.

(*)
Por Fabio Seleme y Abraham José