Película chilena se equivoca al involucrar al perito Moreno en Tierra del Fuego

El film trasandino acierta en trazar una semblanza del genocidio que sufrió el pueblo selknam a mano de latifundistas, pero ubica al argentino en una geografía que no conoció y en una coyuntura de la que no fue parte.

La película es muy eficaz. Mantiene en vilo al espectador o espectadora hasta el final, que no recae en la consabida felicidad hollywoodense. Además, aprovecha sin cansar los conmovedores paisajes fueguinos en otoño, tan similares, aunque distintos a los de Bariloche. Como mérito principal pone al alcance del gran público una historia que está en los orígenes de la Argentina y Chile, pero muy poca gente conoce. Sin embargo, hay un considerable dislate histórico que se entronca con un personaje clave del pasado barilochense.

“Los colonos” (2023) es una producción chilena que dirigió y coescribió Felipe Gálvez. Representó al vecino país en el rubro Mejor Película Internacional de los Premios Oscar y arrancó con el pie derecho en el Festival de Cannes, donde participó de la afamada sección “Un certain regard”. En la cotizada ciudad francesa se alzó con el Premio de la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica (FRIPESCI). También logró otros galardones en el Festival de Cine de Lima y hace unas semanas, llegó a las salas de Buenos Aires, además de estar disponible en la plataforma Mubi.

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El film de Gálvez se desenvuelve a través de varios personajes históricos, es decir, que existieron realmente. Entre ellos, José Menéndez (Alfredo Castro Gómez), el asturiano que según biógrafos no condescendientes llegó a la Argentina casi en condiciones de pobreza y que, en relativamente poco tiempo, se convirtió en el hombre más poderoso del lejano sur, al levantar un omnipotente emporio ovejero y comercial.

También está documentada la existencia de Alexander McLennan, alias Chancho Colorado (Mark Stanley), uno de los tantos escoceses que llegaron a Malvinas primero y a Tierra de Fuego después con el ánimo de labrarse un pasar económico mejor del que podían aspirar en sus lugares de origen. Según las investigaciones históricas, McLennan superó en brutalidad a sus compatriotas y demás extranjeros que buscaban un mejor porvenir en latitudes tan australes.

En la trama que concibieron Gálvez y la coguionista Antonia Girardi, Chancho Colorado y un estadounidense (Benjamin Westfall) reciben la orden de Menéndez de buscar un corredor por el cual sus rebaños pudieran atravesar sin problemas la sección argentina de Tierra del Fuego a partir de la chilena. El escocés, que usaba como abrigo una chaqueta roja del ejército británico y de ahí parte de su apodo, recluta para llevar a buen término su cometido a un peón que para la película es un mestizo oriundo de Chiloé (Camilo Arancibia).

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El latifundista español y otros colegas suyos identificaron al pueblo selknam -mal llamado ona hasta hace poco- como obstáculo que se interponía ante su progreso económico. La introducción masiva de ovinos en Tierra del Fuego provocó una disminución sustantiva de la población de guanacos, alimento principal del pueblo milenario. Al no tener que comer, los cazadores selknam comenzaron a cazar ovejas, para irritación de los recién llegados. En orden a superar la situación, los estancieros no tuvieron mejor idea que suprimir mediante la violencia a la gente selknam.

Sin golpes bajos, “Los colonos” reproduce una de las tantas matanzas de las que participaron McLennan y sus hombres, empleados de Menéndez. A decir verdad, las descripciones que llegaron hasta nuestros días son tan espeluznantes que la película apenas si refleja tanta mortandad. Y si bien las que se basan en “hechos reales” acostumbran a tomarse ciertas licencias, la que introdujo en el guion el tándem Gálvez – Girardi no se explica.

Ocurre que, en la ficción, la partida que integran Chancho Colorado, el estadounidense Bill y el mestizo Segundo se encuentra con Francisco Moreno (Mariano Llinás) ni bien cruza la frontera. El argentino está en pleno desarrollo de su tarea de perito, es decir, en averiguar por dónde pasaban los flamantes límites entre los dos países que se repartieron, en este caso, el antiguo territorio selknam y de otros pueblos fueguinos.

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No exagera la trama en poner en primer plano la fascinación casi patológica de Moreno por los cráneos indígenas, él mismo escribió sobre el tema en repetidas oportunidades. La distorsión tiene que ver con su presencia: el perito en Límites nunca estuvo en Tierra del Fuego, al menos para desempeñar actividades públicas en nombre del gobierno argentino. ¿Para qué introdujeron los guionistas su figura? La pregunta es de difícil respuesta.

A diferencia de la parte estrictamente continental, si se observa el límite argentino-chileno en Tierra del Fuego se verá que se trata de una línea recta. Salvo en el canal de Beagle, claro… Pareciera que, por aquellas latitudes, no hizo falta trabajo puntilloso de las comisiones de límites, tan arduos en zonas hoy rionegrinas o chubutenses. ¿Pierde atractivo ante la tergiversación “Los colonos”? Para nada, hay que verla. Pero… Nos queda un pero.