Del “Zapatero a su Zapato” hasta el “Se Hace Camino al Andar”, como acompañar las trayectorias escolares de nuestra infancia

Iniciaron las clases y con eso las rutinas apretadas, la semana a la vista pegada en la heladera, el listado de materiales para todo el mes y el ritmo acelerado de los días bajo la premisa de cumplir con todo, sin olvidar nada o lo menos posible.

Son escenas reconocidas y cotidianas, ¿no? Bien, la cosa se pone aún más interesante si tenemos niñas y niños de primer ciclo de la escuela primaria, ni hablar si transitamos por primera vez, junto a nuestros peques el primer año de la escuela primaria.

¿Cómo acompañar ese trayecto? Es la pregunta recurrente al interior de la familia y ¡que la familia acompañe! es la indicación permanente desde la escuela.

Uno de los procesos más esperados de este tiempo para las infancias es el de la lectura y escritura, así, por separados y no lecto-escritura, porque son dos procesos bien distintos con sus características bien particulares, destrezas cognitivas y modos de enseñanzas que como van de la mano, generalmente se los considera unificados. Pero no, requieren de formas y esfuerzos puntuales. Ya lo trataremos con mayor profundidad en otro momento.

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Traigamos a Alejandro Ratier quien nos propone: “la tarea de aprender a leer y escribir es muy compleja. Intervienen muchos factores sociales, afectivos, mandatos paternos, cambios de ámbito de conductas, etcétera. La tarea de enseñar a leer y escribir no es sencilla y las y los docentes deben atender varios problemas al mismo tiempo. Por suerte esto es posible.” Nos plantea lo intrincado de esos procesos. ¿Por qué pensar entonces que aprender a leer y escribir es sencillo y se lo puede hacer en tres simples pasos? ¿Por qué sigue circulando en el discurso social que cualquiera puede enseñar a leer y escribir, o enseñar matemática y ciencias sociales? Seguramente encontraremos argumentaciones históricas, pero mi intención es que queden instaladas claramente varias cuestiones (que las podemos discutir, en otro momento):

-Cuando la escuela pide acompañamiento en las tareas escolares no refiere a que la casa sea la sucursal de la “escuelita”, instalando pizarras y los cuidadores constituyéndose en maestrxs particulares o pagando incluso docentes que realicen una actividad que es estricta y exclusivamente especificidad de la escuela, sea del nivel que sea. ‘¿No sabemos cómo orientar? ¿No se entendió la consigna? Bien, debemos incentivar a que nuestros niños y niñas vuelvan hacia la escuela con esas dudas o preguntas que quedaron de la tarea anterior, allí siempre habrá un o una docente amorosa dispuesta a volver a explicar y enseñar. Tan simple como cuando se tiene un corto circuito en la casa, no se llama al plomero. ¿Entonces? ¡Zapatero a su zapato!

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– Acompañar respetuosa y óptimamente las trayectorias escolares de nuestros aprendientes. ¿Dónde conseguimos el ABC de eso? Y no, no está escrito o lo que sí está no se condice con las características de los hijos e hijas que tenemos en casa. El acompañar es también una construcción que se produce con la observación constante de nuestros estudiantes y en conjunto con la escuela. Habrá aprendientes que necesiten más espacios alfabetizadores con adultxs significativos leyéndoles repetidamente, otros a los que se les sostenga un espacio iluminado, ordenado y en silencio para estudiar o completar sus tareas, otros que se les revise a diario la mochi para ver si puso lo necesario o si cumple con solo llevar un “juguete” y no varios. Habrá con los que se deberá esperar para que ese salto del garabato a la forma circular aparezca, de ahí al monigote y esperar un poco más hasta que llegue la seudo letra. Mientras tanto, sea cual sea la situación,  la escuela será siempre el lugar donde consultar, donde recurrir todas las veces que sean necesarias para ser partes de ese maravilloso, pero no menos complejo, mundo de enseñanzas y aprendizajes.

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Tenemos entonces varios puntos de partida: la escuela, el trabajo en equipo (escuela-familia) el amor y el respeto hacia nuestros peques y las especificidades de la institución escuela y la institución familia. Bien podemos entonces cerrar este escrito reiterando: “Caminante, no hay camino…se hace camino al andar” Y mucho mejor si ese andar no es en soledad.

Por Roxana Montenegro

Psicopedagoga MP-PG 3834