¿Por qué Macri se ensaña con la Patagonia? – Por Fabio Seleme (*)

¿Por qué Macri se ensaña con la Patagonia? Una explicación desde la identidad política presidencial y la inscripción simbólica de nuestra región. Por Fabio Seleme (*)

Si preguntamos por qué Macri se ensaña con la Patagonia es porque tenemos en claro que el presidente no tiene políticas destructivas sólo y exclusivamente para nuestra región; aunque sí entendemos por evidente que ha instrumentado, dentro de un plan general de ataque contra los intereses nacionales, acciones especialmente dirigidas a devastar con predilección la estructura productiva, social y cultural de la Patagonia. Y aunque esta pregunta que formulamos enuncia sólo a nuestra región, busca tener un sentido general, porque pensamos que, en la razón de la especial aversión contra la Patagonia, estriba la clave de las políticas que instrumenta el gobierno contra el conjunto del país, ya que en el plus y exceso sistemático de la acción destructiva hay una función de síntoma.

Efectivamente, el gobierno de Macri, fácil de identificar en términos generales como un gobierno de y para ricos, ha llevado adelante en estos años una fenomenal transferencia de recursos de las clases populares hacia los sectores concentrados y especulativos de la economía mediante un nuevo y acelerado ciclo monumental de endeudamiento, con devaluación y fuga de capitales. Crisis mediante, los resultados más visibles y notables a esta altura son la reproducción geométricamente mágica del capital financiero, incremento exponencial de la renta agraria, una inflación descontrolada, destrucción del empleo industrial, licuación del poder adquisitivo del salario y aumento de la pobreza y la miseria extrema con la entrega ruinosa del país a la tutela del FMI. Dentro de ese marco, en particular para la Patagonia, el presidente, entre delirantes denuncias de veredas calefaccionadas y otras diatribas propaladas a través de los medios de comunicación con los que cogobierna, ha prodigado la siguiente lista de gratificaciones: la dolarización de las tarifas del gas y la quita progresiva de los subsidios a su consumo (hecho que quedará plenamente consumado en 2022); la apertura de las importaciones contra la industria fueguina y la negación a renovar su régimen de promoción que termina en 2023; la importación indiscriminada de frutas que afectó la producción del Alto Valle, el fin de los reembolsos a las exportaciones por puertos patagónicos; la modificación de la ley de tierras a los fines de que no haya restricción alguna para que los extranjeros puedan comprarlas; la criminalización a las poblaciones originarias patagónicas (marco en el que la gendarmería produjo dos víctimas fatales); la firma de un acuerdo deshonroso por Malvinas con el Reino Unido, que supone una total claudicación en términos de soberanía y recursos: la eliminación del llamado “barril criollo” que hizo caer en picada la actividad petrolera con la consecuencia de 7500 puestos de trabajo menos en el sector, fin de la obra pública nacional en la región, discriminación en los recursos coparticipables y la reducción de las asignaciones familiares en más de un 50 % para todos los niños patagónicos.

Nadie ha hecho tan bien, tanto mal, en tan poco tiempo contra la Patagonia. En este sentido, para intentar una explicación a esta pasión presidencial antipatagónica desde el discurso político hay que destacar, primero que nada, que dos características fundamentales confluyen armónicamente en Macri: por un lado, en tanto sujeto desentendido y disociado esencialmente del trabajo, carece de entidad antropológica para transformar la realidad y, al mismo tiempo, es alguien cuyo interés personal está asociado a que esas transformaciones no sucedan nunca. La suerte de Macri, improbable para la mayoría de los mortales, consiste entonces en que puede sacar rédito de su propia y proverbial incapacidad. Como todo privilegiado de cuna, cómodo y satisfecho, carece de ideales, o peor, sus ideales coinciden con la realidad dada. Por eso Macri, publicitario profeta del cambio simulado, no puede más que ser un apologista de lo existente. Todo puede y, es más, debe seguir como está o, en el mejor de los casos, retrotraerse. Frente a un problema, el diagnóstico es para Macri siempre su proyecto y, al mismo tiempo, el argumento a favor de la aceptación resignada que pedirá a los que sufren el problema.

Disfrutante pasivo de las bondades del mundo gracias al esfuerzo de las billeteras parentales, busca acentuar y afirmar la facticidad reinante para convertirlo en ley normativa. Es decir, primero y, antes que nada, hay que entender que Macri es un conservador. Esa es su ideología política, y como todo conservador, siente instintivamente una amenaza vital frente a cualquier utopía, ya que éstas suponen la negación de la realidad como ideario. Este temor existencial es lo que vuelve a un conservador un ser dispuesto a cualquier violencia destructiva y regresiva para mantener las cosas como las conoce y las concibe desde la inmóvil eternidad de su pequeña historia individual.

Estos hechos, su identidad política conservadora y su disposición contrautópica, resultan relevantes para la explicación que intentamos, porque la Patagonia ha funcionado siempre en el discurso político, literario y científico, como la concreción geográfica de la función utópica. Basta revisar los escritos de Darwin y Perito Moreno, de Alberdi, de Lucio V. Mansilla, Roca y Perón o de Asencio Abeijón, Roberto Arlt o Huberto Cuevas Acevedo, sólo por nombrar una diversidad de autores, para apreciar cómo sobre el horizonte abierto de esta región se han figurado las aperturas proyectivas de los más distintos idearios cuestionadores de sus propios presentes.

Con esto queremos decir que el ensañamiento en recortes y ajustes que Macri efectúa sobre la Patagonia, se explican más por su pertenencia ideología, casi genética (madre terrateniente rentista y padre contratista del estado) al más puro conservadurismo, que por el efecto económico que esos ajustes tendrán en términos de ahorro para el presupuesto nacional. El ataque a la Patagonia tiene para un conservador como Macri, el carácter de acción ejemplificadora, porque se da sobre un espacio geográfico que ha sido sustento y soporte de múltiples ideales nacionales históricos de conquista, expansión, soberanía, movilidad social ascendente, trabajo, progreso e industria. Es decir, todo lo que un conservador y rentista parasitario odia.

Para un conservador, cualquier política activa de promoción, compensación o incentivo se le antoja un “privilegio”, si es que está dirigida a alguien que no sea él mismo. Como un reflejo de sobrevivencia, sabe que la exclusividad del privilegio es la base de su fortuna y la garantía de su reproducción. Así, lo único que un conservador quiere cambiar y con virulencia (tal como se verifica con Macri) son aquellas políticas y dispositivos que posibiliten movilidad, transformación o algún atisbo de justicia distributiva o equidad (veáse lo que hizo con Fútbol para Todos, Conectar Igualdad, plan Remediar, subsidios por discapacidad, presupuesto universitario y del sistema científico tecnológico, etc.). Siempre es, por supuesto, en nombre de la “igualdad” y otras formalidades democráticas idénticas de estériles entre desiguales, que se avasallan los derechos y las conquistas que ponen nerviosos a los republicanos que “están hechos”, económicamente hablando.

No sorprende, por lo tanto, que incluir y desarrollar no entre en sus cálculos. Insustancial y violento Macri trata de adecuar la sociedad, con disciplinamiento y resignación, a sus profundos deseos vegetativos de permanencia en las prerrogativas propias. No es que odie a los pobres. Por el contrario, los ama. Por eso el gobierno de Cambiemos exalta cada tanto la figura de un jubilado que sigue activo a los 85 años para sobrevivir, de un desocupado que venden tortillas calientes al lado de la ruta o de un niño del campo que tiene que pasar las de Caín para llegar a la escuela. Ama a los pobres esforzándose inútil y románticamente con actividades miserables que los dejarán al final tan pobres como cuando empezaron. Lo que verdaderamente detesta Macri es todo lo que rompe el círculo de las repeticiones y las reproducciones sociales. Y por eso tampoco odia a la Patagonia, la ama como paisaje y lugar de descanso donde reunirse con sus amigos terratenientes.

Finalmente resulta todo un acierto que la “Multisectorial 21 F” de Río Grande venga convocando a las movilizaciones bajo la consigna de querer seguir viviendo en la Patagonia y contra el intento de despoblar nuestra región. Lo que detesta Macri de la Patagonia es justamente que sea ésta la región donde miles de personas, sin otro horizonte, a partir de un sacrificio personal migraron buscando un trabajo de mejor calidad y salario. La pequeña utopía personal. Odia visceralmente de la Patagonia, su figuración de espacio abierto para la Patria, aunque solo puedan verse en el presente de nuestra región apenas fragmentos dispersos y opacos de lo que alguna vez fue un proyecto de Nación.

(*) Secretario de Cultura y Extensión de la UTN-FRTDF

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