Argentina: ¿País marítimo? Por Sergio Osiroff (*)

La relación de la Argentina con el mar pareciera apoyarse en ciertos puntales: el intelectual, el veraniego, el rentístico y el sumarial. Algo así como el cuarteto del mar, música que suena a marejadas, pero que sin acompañamiento no tiene más trascendencia –ni realidad– que el sonido a playa de un caracol.

Argentina, uno de los países más importantes del mundo en producción de alimentos, tanto como en extensión costera, cuyo territorio es, además, atravesado por el Paraná -una de las principales hidrovías del mundo- pero que no exporta a ese mundo de ultramar un solo grano en buque de bandera argentina, ni participa con sus embarcaciones más que del 2% del flete regional fluvial, ¿puede catalogarse como país “marítimo”?

Si de pesca se trata, en el “ranking” de puertos argentinos, Ushuaia ha disputado con Puerto Deseado, en estos veinticinco años, el tercer y cuarto puesto en desembarco de capturas llegando, en algún momento, a ser el segundo, después de Mar del Plata. Pero si en Mar del Plata la pesca significó multiplicación de talleres, servicios, almacenes navales, factorías en tierra y diversidad de emprendimientos y empleos relacionados, en Ushuaia la pesquería implicó la transferencia de la bodega del pesquero de altura al buque mercante.

Pesqueros de altura que suelen pescar a vista de costa, para proveer materia prima a establecimientos alejados de la tierra fueguina. Provincia generosa: mientras apelamos a la soberanía, nos preocupamos por empresarios y puestos de empleo en tierra. Siempre y cuando estén a miles de millas.

Respecto de la Antártida, la proximidad constituye nuestra ventaja pero alimenta simultáneamente el criterio rentístico que nos caracteriza como país no marítimo, como si la geografía fuese un mérito. En buen romance, damos vuelta las cosas: en vez de incentivar un ámbito de servicios, en que Ushuaia sea atractiva no solo por su cercanía sino por la eficiencia operativa, administrativa y económica, el buque antártico se transforma en una vaca obligada a pastar en el corral propio, con forrajería única y al costo de exprimirle toda la leche posible. Vaca atada. Por ahora.

“Mapa bicontinental” y “Límites definitivos de la Provincia”. Leyes de cuño fueguino. Polenta soberanista para consumo propio, que satisface pero que, como alimento exclusivo, solo engorda. Quien navegue aguas polares, sabe que debe apelar a cartas náuticas digitales británicas y chilenas. Más de una década sin hacer mayormente hidrografía antártica. Poca cosa –la batimetría– en un país cuya relación con el mar se ha vuelto intelectual más que de acción. Unico país sudamericano cuya cartografía antártica, “disputaba” con Gran Bretaña, hoy debe aceptar que los mapas del mundo llamen “King George” a Isla 25 de Mayo. No hay más remedio; los ingleses investigan, pero invierten paralelamente en cartas náuticas. Chile también; navéguese la entrada a Isla Decepción, a ver qué argumentos prácticos esgrimen quienes pontifican sobre la toponimia antártica argentina.

País que hace cuarenta años desarrollaba buques científicos (CONICET-ARA Puerto Deseado), actualmente los importa (INIDEP-Angelescu). El desarrollo industrial marítimo, resultaría hoy extrañamente ajeno al sector que vincularía los “saberes” con la producción. No satisfechos, reemplazamos marinos mercantes por tripulantes prefectos o militares para disminuir costos y conflictividad laboral. Un Estado con fueros para obrar aquello que no toleraría a empresarios. ¿Y la orientación para quien afronta paritarias, impuestos y leyes laborales? La sobrepesca, ¿es fruto exclusivo de la ambición? ¿Cómo guía el Estado, a los propios empresarios y pescadores a los que exige?

En ese contexto, iniciativas tipo Pampa Azul -u otros proyectos- podrían transformarse en un café con leche de fondos, con diferentes actores disputando por mojar la medialuna.

Algunos desde pedestal académico o institucional. Otros, sin más destino que servir de decoración necesaria al interés declamativo por el desarrollo marítimo, llámese empresarios o trabajadores. Y el problema real, es que no hay país marítimo del mundo sin gente de labor, empresarios ni industria naval.

Podríamos seguir enumerando cuestiones puntuales, pero cabe repreguntar: ¿somos un país marítimo?

Finaliza 2017, año de hundimientos. Allí están, custodiando los fondos marinos, nuestra gente del Pesquero Repunte y el ARA San Juan. Más allá de nuestras emociones, merecerían un país dispuesto a replantearse su proyección y desarrollo marítimos. Ese sería un verdadero homenaje. Se lo ganaron con sus huesos.

(*) Ingeniero Pesquero, docente de la Universidad Tecnológica Nacional Facultad Regional Tierra del Fuego.

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